El día que se inaugura un espacio es el día de las fotos: las que compartimos en RRSS, las que ha hecho un fotógrafo profesional para la web o para salir en las revistas del sector o de interiorismo. Fotos impecables, con el ángulo que mejor luce, la luz que más favorece. Lo visual manda y casi nadie repara en lo único que de verdad importará cuando el fotógrafo se haya ido o la publicación de Instagram haya sido sepultada por millones de fotos nuevas: lo que ese espacio decide por cada cliente antes de que él piense nada.

Un cliente entra en una tienda y gira a la derecha sin saber por qué. Se detiene tres segundos delante de una mesa pero sigue de largo en otra idéntica. Hace una cola que parece corta y abandona otra que era más rápida. Ninguna de esas decisiones la tomó él solo, las tomó con el espacio: la luz que le indicó dónde mirar o la disposición que le marcó el recorrido sin un solo cartel.

El espacio no es el escenario donde ocurre la decisión. Es uno de los actores que la toma.

Diseñar sin asumir esto es diseñar a ciegas. Sin embargo, es lo que seguimos haciendo la mayor parte del tiempo.

Diseñamos para alguien que no existe

Buena parte de la cultura del proyecto trabaja, sin decirlo, con un usuario que decide bien. Un usuario que entra, evalúa sus opciones, compara, optimiza y elige lo que más le conviene. Es la versión arquitectónica del Homo Economicus: la forma sigue a la función porque se da por hecho que la función es lo que ese usuario racional necesita, y poco más.

La arquitectura no nació así. Ya Vitruvio ponía la venustas, el deleite de todos los sentidos, junto a la solidez y la utilidad. La reducción vino después: una deriva casi tayloriana que acabó midiendo el buen diseño por la eficiencia del recorrido: cuanto menos camine la gente, mejor. El problema de ese usuario optimizador es que no existe.

La economía conductual lleva décadas demostrando lo contrario: la gente no decide en frío sino que lo hace en piloto automático. Echa mano de atajos, hábitos, primeras impresiones, lo que hace el de al lado, lo que cuesta menos esfuerzo. No es que seamos malos calculando, es que rara vez lo hacemos. Cuando el entorno está bien diseñado para esa forma real de decidir, el cliente ni se entera de que le han facilitado el camino. Cuando está mal diseñado, tampoco se entera, pero se va.

A ese mecanismo lo llamo el efecto invisible del espacio: condiciona el comportamiento de forma continua y silenciosa, y casi nunca lo medimos porque no lo tenemos en cuenta.

Las dos respuestas que no bastan

Ante esto, tradicionalmente el diseño ha dado dos respuestas insuficientes.

La primera es el racionalismo funcional. Hace que el espacio funcione, que no es poco, alrededor de la asignación de metros cuadrados, el cumplimiento de la norma y la organización de las circulaciones. El problema no es lo que hace, sino dónde se detiene. Los propios padres del funcionalismo lo tenían claro: para Le Corbusier la función era la base, no la meta (escribió que «la casa es una máquina para habitar», pero advertía que cuando una cosa sólo responde a una necesidad todavía no es bella, que la arquitectura empieza más allá, cuando emociona). No estamos diseñando un espacio que va a ser usado si consideramos que lo que pasa dentro de la cabeza de quien lo habita no fuera asunto del diseño. El cliente no es una partícula que se desplaza por un plano: percibe, siente y reacciona antes de razonar.

La segunda es la neuroarquitectura. Busca entender cómo el entorno físico afecta a nuestra fisiología, a nuestro comportamiento y a nuestra experiencia a través del cerebro (que no estudia como un órgano aislado: percibimos con el cuerpo entero y en relación con el entorno). Es un campo valioso y en expansión, impulsado por instituciones como la ANFA, y con éxitos concretos cuando se apoya en el Diseño Basado en Evidencia, especialmente en usos sanitarios y educativos. Su límite no es de validez, sino de traslación a la vida real. Buena parte de ese conocimiento nace en condiciones de laboratorio difíciles de digerir y mucho menos de replicar en el día a día de un estudio de arquitectura. El reto pendiente es construir un puente ágil que convierta esa densidad neurocientífica en decisiones de diseño cotidianas y medibles en cualquier obra.

La primera diseña el contenedor sin mirar dentro de nosotros. La otra mira dentro, pero su traslación a la obra cotidiana todavía cuesta. Falta una tercera vía.

La tercera vía: Spatial Behavioral Design

El Spatial Behavioral Design (SBD) es la adaptación de la economía conductual al diseño del espacio físico: usar lo que sabemos sobre cómo decide realmente la gente para diseñar u organizar el espacio de modo que la experiencia deseable sea, además, la más fácil, la de menor resistencia.

Si la neuroarquitectura explica por qué el cerebro y el cuerpo responden como responden a un espacio, el SBD parte de qué va a hacer la persona en él, y cómo lo ordeno para que le salga natural hacer lo que le conviene a ella y al negocio. No compiten: una da el porqué biológico, la otra lo convierte en una decisión de diseño que se puede ordenar y medir. No fuerza la conducta: la facilita. Es, en sentido literal, una arquitectura de decisiones (el término es de Thaler y Sunstein): el espacio como una secuencia de elecciones diseñadas, no como un lugar neutro que no aporta nada más al usuario.

Todo espacio y su distribución en planta es una arquitectura de decisiones. Debemos preguntarnos si la hemos diseñado nosotros o la ha diseñado el azar.

Esto no se resuelve con intuición: hay método basado en décadas de investigación sobre por qué hacemos lo que hacemos en un entorno y sobre cómo lograr que la opción deseable sea, además, la fácil, la que casi todos acaban tomando. No os aburro con los detalles técnicos en este artículo (eso lo aterrizo en la segunda parte). Basta con saber que debajo del SBD hay un cuerpo de conocimiento que se puede aplicar y comprobar.

Tres pruebas fuera del laboratorio

Hay numerosos ejemplos del uso de economía del comportamiento en espacios.

En el aeropuerto de Schiphol, en Ámsterdam, alguien colocó una pegatina de una mosca en los urinarios. Ni cartel, ni norma, ni instrucción. Sólo un objetivo en el que fijar la vista. El responsable que lo impulsó habló de una caída cercana al 80% en lo manchado fuera del urinario (una cifra que él mismo reconoció como «muy empírica», no un estudio formal) y de una reducción del 8% en los costes de limpieza. Un detalle de diseño cambia la conducta sin pedir nada a nadie.

En cualquier parque hay una lección todavía más barata. Junto a los caminos pavimentados aparecen, dibujadas en la hierba pisada, las líneas de deseo: los atajos que la gente traza con los pies porque son el camino de menor resistencia, ignorando el trazado oficial. Los buenos paisajistas dejaron de pelearse con ellas hace tiempo: observan por dónde camina la gente y pavimentan ahí. El comportamiento estaba escrito en el suelo, sólo había que leerlo.

En la Terminal 3 de Narita, con la mitad del presupuesto habitual, los diseñadores renunciaron a las cintas mecánicas y a la señalética luminosa. En su lugar, pintaron en el suelo dos pistas de atletismo: azul para salidas, roja para llegadas. El pasajero no necesita leer los carteles, sólo sigue un color con los pies. La orientación dejó de ser información que hay que procesar para convertirse en una conducta que el suelo induce.

Tres formas del mismo diálogo: el espacio que guía el comportamiento (Schiphol, Narita) y el comportamiento que acaba abriéndose paso (las líneas de deseo). La gente sigue el camino de menor resistencia, lo hayamos diseñado o no.

La frontera ética

Aquí aparece una pregunta incómoda: si el espacio puede guiar, también puede manipular. La misma herramienta que ayuda a un viajero a orientarse puede empujar a un cliente a comprar lo que no quería o a no encontrar nunca el botón de cancelar.

La diferencia tiene nombre. Un nudge facilita la decisión que beneficia a quien la toma, y deja la libertad intacta: puedes ignorarlo sin coste. Un dark pattern explota el mismo automatismo en contra de la persona, escondiendo, presionando o castigando la elección libre. No es un matiz académico: las autoridades de protección de datos ya persiguen estos patrones engañosos en el entorno digital, y esa lógica es trasladable al físico.

El SBD trabaja con persuasión transparente y con configuraciones por defecto que promueven el bienestar de quien decide, no su desgaste. La prueba del algodón: si el cliente supiera exactamente qué estás haciendo con el espacio, ¿te lo agradecería o se sentiría engañado? Diseñar para la primera respuesta es lo que separa un diseño honesto de uno tramposo.

Los espacios no son neutros

Esa es la tesis de esta primera parte: el espacio nunca es neutral. No decide por ti, pero influye siempre; el comportamiento nace del ajuste entre la persona y el espacio, y diseñar es trabajar para facilitar ese encaje en vez de dejarlo al azar. Ni el funcionalismo, que se queda en el contenedor, ni la neuroarquitectura, que se centra en su aspecto biológico, bastan por sí solos. Hace falta una disciplina que ordene el comportamiento en el espacio con método.

Queda, claro, la otra mitad. Si el espacio influye siempre, ¿dónde influye exactamente, cómo se interviene cada uno de esos puntos y cómo se comprueba que la intervención ha funcionado? El efecto es invisible; necesitamos hacer visibles las lógicas y las métricas que nos ayudan a perseverar en las decisiones acertadas y abandonar las equivocadas. De eso va la segunda parte.

Si te interesa cómo el espacio físico moldea lo que hace (y lo que recuerda) tu cliente, cada 15 días escribo sobre ello en Arquitectura de la experiencia. Suscríbete aquí →

JESÚS CAO

Arquitecto y consultor especializado en experiencia aplicada a espacios físicos

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