Hay algo en lo que todo el mundo se parece: todos queremos ser únicos (y ser percibidos como tales). Luego nos sorprendemos cuando llegamos a esa puesta de sol tan espectacular y es imposible ver nada sin abrirse paso a codazos. O cuando queremos ir al último restaurante de moda y es imposible conseguir mesa. O cuando queremos sorprender a nuestro cliente y nos damos cuenta de que estamos ofreciendo lo mismo que los demás envuelto en el mismo papel de regalo.
Al que no lo haya leído, recomiendo (mucho) «Mundofiltro» de Kyle Chayka. El libro explora cómo los algoritmos han transformado y aplanado la cultura contemporánea, cómo estos algoritmos, que ocupan ya todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, desde las recomendaciones de música y videos hasta las interacciones sociales en plataformas digitales, han llevado a la uniformidad y conformismo cultural. Estas herramientas, que prometían personalización, en realidad están creando una cultura genérica y vacía.
Todo es igual
Moviéndome al terreno que más conozco, el Mundofiltro ha igualado también los espacios en los que vivimos, en los que trabajamos, en los que compramos. Todos tenemos en mente esa cafetería que podemos encontrar en Málaga, en Baltimore o en Singapur, con las paredes acabadas en microcemento, los suelos de (falsa) baldosa hidráulica, las instalaciones vistas, las carpinterías negras, la flor en la espuma del café, el tatuaje en el brazo de quien nos los sirve en una taza perfectamente intercambiable por las otras 100 tazas que hemos podido sostener en los 5 continentes.

Le he pedido a ChatGPT que me eche una mano para ilustrar este concepto
Instagram, Pinterest, Tik Tok, los vídeos de interiorismo que nos recomienda el algoritmo de Youtube, los programas que nos ofrece nuestro proveedor de Streaming, todos tienden a ofrecer lo mismo, a aplanar la diferencia, a propiciar experiencias previsibles (y aburridas) sobre las inesperadas (y sorprendentes).
¿Preferimos vivir, trabajar, comprar, movernos en un mundo cribado por un filtro que manejan 3 o 4 compañías globales? ¿No queremos dejar hueco a la sorpresa?
Todos queremos lo mismo
El otro día escuchaba un capítulo del podcast Kaizen que hablaba sobre la mediocridad. Viene bien, antes de nada, reconocer que muchas veces preferimos la tranquila mediocridad a la inquietante creatividad. Un famoso proyecto artístico de Komar y Melamid buscaba identificar las preferencias estéticas del público en diferentes países, esperando obtener lo que de original pudieran tener las expectativas según cada cultura. Acabaron concluyendo que los gustos populares tienden hacia la uniformidad, reflejando una triste falta de diversidad en la percepción artística. En definitiva, tenemos lo mismo porque buscamos lo mismo.
Entonces, ante un público que se refugia en la uniformidad y en un contexto en el que la pulsión aplanadora de los algoritmos y la falsa creatividad de la inteligencia Artificial (que no hace otra cosa de momento que crear collages textuales y visuales, batidos indigeridos de contenidos) nos hacen huir como gato escaldado de la originalidad: ¿Qué pueden hacer las marcas para diferenciarse? ¿Qué propuesta de valor única ni qué niño muerto si luego las identidades, las campañas, las tiendas, son todas iguales (porque todos, como clientes, como consumidores, como usuarios de las RRSS queremos lo mismo)?
¿Cómo nos escapamos del filtro?
La respuesta, como siempre, radica en los riesgos que estemos dispuestos a afrontar ¿Nos conformamos con ir a rebufo, con repetir los esquemas ya trillados? ¿O queremos aportar algo nuevo, sorprender, captar la atención y fidelizar a través de la sorpresa, del valor verdadero?
Escapar de lo convencional requiere un esfuerzo deliberado, un riesgo consciente, el de recorrer un camino aún no pisado asumiendo el riesgo de que posaremos el pie sobre algún cristal roto.
Y tú, ¿crees que a largo plazo es mejor una apuesta por la autenticidad sobre la fotocopia? ¿Nos arriesgamos?
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