Experiencias inmersivas y phigitales en retail

Más allá de la pantalla: cuándo el phygital es negocio y cuándo es sólo espectáculo

Crónica de evento · Mesa redonda "Más allá de la pantalla: experiencias inmersivas y phygital en retail" · Retail Tech Fest · Digital Enterprise Show · Málaga, 9 de junio de 2026

El pasado 9 de junio moderé en Málaga la mesa "Más allá de la pantalla: experiencias inmersivas y phygital en retail", dentro del Retail Tech Fest del Digital Enterprise Show. Cuarenta minutos, tres ponentes y un tema que llevo años viendo malinterpretar: el phygital.

"Phygital" lleva casi tanto tiempo en el vocabulario del retail como siendo malentendido. Se ha vuelto sinónimo de poner una pantalla o de repartir unas gafas, como si la clave estuviera en el dispositivo y no en lo que le ocurre al cliente cuando interactúa en un espacio. La pregunta que quería que respondiera la mesa era:

¿Cuándo el phygital es de verdad negocio, y cuándo es sólo espectáculo?

Tres posiciones distintas

Para discutirlo senté a tres profesionales que trabajan el phygital desde tres extremos opuestos.

Xavier Ors representó a Cegid, la plataforma de comercio unificado que conecta el TPV en tienda, el inventario, el clienteling y los canales digitales en una sola arquitectura. Es la capa invisible, la que hace posible que todo lo demás funcione por dentro, y aporta además la mirada del hospitality, donde lo que se vende no es un producto sino la promesa de un servicio que se recibe después.

Pere Pérez llegó desde KARTeX, que ha creado el primer sistema que combina karts de pedaleo físicos con entornos virtuales sincronizados en tiempo real. Su concepto no es el kart, es la immersion in motion: que mande el cuerpo del usuario y no una pantalla ni unas gafas pasivas. Estrenaron su primer hub en Puerto Venecia (Zaragoza), con unas cifras de repetición y de uso en familia que obligan a preguntarse qué busca de verdad un centro comercial cuando incorpora una experiencia así.

Lorenzo Scianca, de Navyx, hace el camino inverso: en vez de meter lo digital en la tienda, lleva la sensación de lo físico al canal online, convirtiendo las fotos de producto en visores 3D interactivos con realidad aumentada. Trabaja en mobiliario y decoración, un sector con un dolor muy concreto: una logística inversa carísima y unas devoluciones disparadas, muchas veces por fotos tan editadas que no se parecen a lo que llega a casa.

Tres maneras opuestas de entender lo mismo. Y, sin embargo, una coincidencia de fondo: el phygital no va (sólo) de tecnología. Los tres saben perfectamente lo que no es. No es una pantalla en un hall que funciona como un PowerPoint enchufado. No es una carta de restaurante que es un PDF. No es un tótem que nadie toca.

Lo que me llevé de la mesa

Salí con cuatro ideas, y ninguna empieza por un dispositivo.

La primera: el phygital se justifica por el negocio, no por el espectáculo. Si no vende más, no fideliza o no reduce devoluciones, es marketing sin respaldo. Y eso se puede medir: es justo lo que persiguen los 20 KPIs del Space Agency Framework, indicadores que conectan lo que pasa en el espacio con el resultado de negocio.

La segunda, y la más importante: el orden. Primero la estrategia, luego la experiencia que quieres provocar y sólo después el espacio y los soportes (phygitales y los demás). Es ese orden el que da resultados. Empezar por el dispositivo es justo lo que no funciona.

La tercera: el phygital no va de colocar pantallas. Va de eliminar fricción y de elevar el componente sensorial de la experiencia física para sumarlo al componente inmersivo de lo digital. Lo háptico, lo sonoro, el movimiento, no sólo lo visual.

La cuarta: cuidado con el overpromise. La IA en el punto de venta físico todavía está inmadura, y la integración de un CRM omnicanal de verdad aún no encaja en el grado de madurez de la mayoría de las empresas. El dato existe, pero muchas veces el personal de sala no tiene acceso a él en tiempo real, y ahí se pierde la oportunidad de afinar la oferta y cumplir mejor la promesa. Prometer lo que no se ejecuta es la forma más rápida de que el cliente deje de creerte.

El phygital es un soporte, no un punto de partida

Si junto esas cuatro ideas, todas apuntan a lo mismo, y es algo que vengo defendiendo desde antes de esta mesa. Hace unos meses publiqué el Modelo de Alineación Experiencial, un marco en cascada para diseñar experiencias físicas con coherencia descendente: Cultura → Experiencia → Espacio → Soportes.

El phygital vive en el último de esos niveles, el de los Soportes: los objetos, las interfaces digitales, los facilitadores micro de la experiencia. Y ahí está el malentendido de fondo. Cuando una marca "hace phygital" colocando un dispositivo, está empezando la casa por el tejado: diseña por el detalle sin haber pasado por la cultura, la estrategia y el espacio. El resultado, como escribí entonces, son lugares de moda perecedera.

El orden inverso es el que sostiene el negocio. Una pantalla sólo tiene sentido si responde a una experiencia que quieres provocar, que a su vez responde a una estrategia, que a su vez nace de un contexto cultural. El dispositivo es la última decisión, no la primera.

El phygital de verdad no añade tecnología a un espacio: ayuda a implementar una experiencia amplificada y omnicanal. Parte de entender qué experiencia quieres que el cliente se lleve a casa, y pone la tecnología (con pantallas o sin ellas) al servicio de esa promesa.

Eso es, al final, lo que llevo veinte años defendiendo desde el espacio físico como agente activo de la experiencia. Una marca hace una promesa; el cliente decide si creerla según lo que percibe, cómo se mueve y cómo se siente en ese espacio. El espacio, bien diseñado, no decora esa promesa: la materializa. La hace tangible, consistente, repetible.

Menos espectáculo. Más negocio.

Gracias a Xavier Ors (Cegid), Pere Pérez (KARTeX) y Lorenzo Scianca (Navyx) por una conversación honesta, y al Digital Enterprise Show por el escenario.


Medir para transformar. El espacio físico como agente activo de la experiencia

Los cuadros de mando de retail nos ayudan a saber cuánto vende cada tienda, pero no nos explican por qué.

Las cifras llegan puntuales cada lunes: tráfico, conversión, facturación, ticket medio… Son suficientes para gestionar un negocio, pero no para entenderlo. Cuando una tienda cae un quince por ciento y la de al lado sube ocho, esos números no contestan a la pregunta que importa. La conversación se dispersa y se desliza enseguida hacia el surtido, la zona de influencia, el equipo, la campaña que no se hizo. El espacio físico, que es donde realmente sucede todo, queda fuera del debate, no por desinterés, sino por falta de instrumentos para considerarlo.

Este artículo trata de eso: por qué la experiencia y el espacio físico merecen ya su propio sistema de medición, y cuáles son los componentes de esa respuesta que llevo años construyendo.

La medición es la condición

Sin medición no hay defensa del ROI. Es una obviedad en el resto de canales, pero en el espacio físico todavía no lo es del todo. Se invierte en proyectos, licencias, obras, mobiliario, iluminación y visual merchandising. Se invierte en contratar personal con la convicción de que mejorará la experiencia, pero sin la capacidad de demostrarlo con datos comparables a los del resto de la organización porque en cualquier comité lo no medido pierde por incomparecencia.

La tecnología ya no es la excusa. Cámaras con análisis de comportamiento, sensores ambientales, contadores de paso, mapas de calor, beacons, lecturas IoT, paneles en tiempo real: todo está al alcance de cualquier presupuesto. No nos falta la herramienta sino el marco que decida qué medir, por qué y para qué. Lo que sigue sin existir es un ROE, un Return on Experience comparable al ROI del resto de canales.

Medir por medir genera ruido. Medir bien genera criterio.

El área gris entre decisión y resultado

Los cuadros de mando se componen de KPIs finalistas, cuentan qué pasó, no por qué. Es lo que se ha hecho siempre, y es perfectamente legítimo, pero tiene un coste oculto que pocas marcas se han parado a calcular: entre lo que decidimos hacer en una tienda (cómo está distribuida, cómo es su luz, su ambiente sonoro y olfativo, cuál es el tono de la atención, qué fricciones generamos sin querer y dónde están los nudges que modifican el comportamiento) y el resultado que aparece en la cuenta de explotación hay un trayecto opaco. Es la zona gris donde se decide la experiencia y donde no contamos con ningún indicador que nos ayude a entender qué está sucediendo.

Esa zona es la que habita el espacio físico. Mientras sigamos ciegos a la experiencia y el comportamiento del cliente en la tienda, el espacio no podrá ocupar un lugar legítimo en las decisiones de negocio. Quedará atrapado entre el discurso abstracto y aspiracional sobre la marca y la miope realidad operativa, que paga las facturas pero se valida sólo con métricas finalistas.

Sin indicadores intermedios, el espacio físico nunca podrá demostrar lo que aporta.

Esta ceguera parcial se debe también a razones organizativas: Marketing mira su funnel, Ventas mira la conversión y el ticket, Expansión mira calendario de aperturas y presupuesto de obra, RRHH mira rotación, Financiero mira EBITDA por tienda y ratio CAPEX/m². Cada departamento tiene sus objetivos, sus palancas y su presupuesto. El espacio físico aparece en todos los cuadros sin pertenecer a ninguno. Cuando hay equipo de Customer Experience, suele tener voz pero pocas palancas propias: sus métricas suben al comité y rara vez vuelven a la operativa de cada departamento.

Faltan métricas que justifiquen las inversiones en Experiencia de cliente.

La experiencia se decide en el comportamiento, no en la opinión

Lo que medimos hoy del cliente es mayoritariamente lo que dice: encuestas, NPS, formularios post-visita, reseñas. Esos datos son útiles pero son una reconstrucción posterior, lo que el cliente racionaliza después. Mientras está en la tienda no piensa, reacciona, y es el factor más determinante de su satisfacción y fidelización. Si una zona le incomoda, no lo verbaliza, simplemente la atraviesa más rápido o se da la vuelta. Si un olor le aleja, no lo nota a nivel consciente: permanece menos tiempo o a disgusto. Si la luz es más fría de lo deseable en una sección premium, percibe el producto como menos valioso sin saber por qué.

Hay un cuerpo de investigación sólido detrás de esto: psicología ambiental, atmospherics, servicescapes, marketing sensorial, neuroarquitectura aplicada al entorno comercial. Hay suficiente evidencia científica y académica que lleva a una conclusión firme: el estado emocional del cliente modula su comportamiento, y los estímulos del espacio modulan su estado emocional. Esa cadena es robusta y se ha mantenido en cuarenta años de investigación.

La consecuencia operativa es directa. Si queremos influir en el comportamiento, tenemos que poder leerlo. Y no en la opinión racionalizada del cliente después, sino en su conducta real durante.

Importar el rigor del entorno digital

El comercio electrónico lleva más de veinte años con cultura A/B. Se testan dos versiones de un botón, dos copys, dos longitudes de embudo, dos posiciones de imagen. Se mide scroll depth, dwell time, tasa de rebote, salida en cada paso. Se itera barato y se aprende rápido; cualquier responsable digital se ha educado en esa disciplina.

Mientras tanto, el diseño y el análisis del espacio físico se han quedado obsoletos. Una vez abierta la tienda, todos los cambios cuestan: demoler lo ya construido, reponer lo ya montado, replanificar calendarios, justificar presupuestos… La tentación es asumir que el espacio es fijo y que solo se renueva en ciclos largos. Esa tentación tiene un nombre operativo: pensar el espacio como CAPEX y no como OPEX.

El espacio sí se puede testar. Música, iluminación, temperatura, olor, recorridos, ubicación de promociones, formato de comunicación en pared, nudges en zonas críticas, posición del personal en sala. Todo eso se puede modificar de una semana para otra y medir su efecto, si tenemos los indicadores adecuados.

Trasladar al entorno físico la cultura digital de medir e iterar es uno de los movimientos más sanos que el retail puede hacer en los próximos años.

Pivotar de CAPEX a OPEX

El espacio físico se proyecta, se ejecuta, se inaugura y se contabiliza; las visitas posteriores son de mantenimiento, no de iteración. Los cambios son estructurales y se posponen al próximo ciclo de inversión, normalmente cinco, siete o diez años después.

Esa lógica encaja con el activo inmobiliario y mobiliario, pero no con la experiencia de cliente, que es inmediata y perecedera. Cambia con la temporada, con el perfil del equipo en tienda, con el surtido, con el cliente que entra ese martes a las cinco. Tratarla como CAPEX significa aceptar que la mayor parte del tiempo está fuera del foco de gestión.

Mover la gestión del espacio hacia OPEX no implica hacer más obras de manera continua. Implica considerar al espacio comercial como un activo gestionable: con palancas que se pueden accionar a un coste razonable, con indicadores que dicen si cada acción nos acercó al objetivo, con un equipo que itera lo soft del espacio (luz, sonido, recorrido, nudges, atención) mientras lo hard (estructura, mobiliario) se mantiene.

Una tienda no es una decisión, son millones de decisiones durante trescientos sesenta y cinco días al año.

SAF: el marco que falta

A esa necesidad responde el Space Agency Framework.

El SAF es un sistema propio e integrado de KPIs que mide cómo el espacio físico participa activamente en la mejora de la experiencia de cliente con impacto en el negocio. Está organizado en cinco familias de medición. Se apoya en tres disciplinas: analítica digital adaptada al entorno físico, behavioral economics y neuroarquitectura.

El nombre no es accidental. Space Agency en el sentido de agencia, capacidad de actuar. El espacio no es contenedor, sino agente. Interacciona con el cliente, modula su comportamiento, contribuye al resultado. Todo lo que un agente hace, se puede medir. Framework porque es un marco de trabajo que puede ir incorporando nuevos KPIs que ayuden a profundizar en el análisis.

Cada eslabón tiene sus indicadores propios. El SAF analiza esa cadena que nadie estaba revisando, y la convierte en gestionable.

Las cinco familias son:

Emociones y Sensaciones.

Cómo vive el cliente el espacio a nivel afectivo y fisiológico: confort ambiental, calidad de la interacción humana, riqueza multisensorial.

Flujo y Comportamiento.

Cómo se mueve el cliente y dónde se detiene: permanencia cualificada, fricción en el recorrido, eficacia de los nudges, fluidez digital dentro del espacio.

Coherencia de Marca.

Hasta qué punto el espacio materializa la marca que promete: coherencia experiencial, alineación vectorial, continuidad omnicanal, promesa materializada.

Fidelización y Referencia.

Cuál es la persistencia experiencial cuando el cliente ya se ha ido: valor emocional, recuerdo mediado, retorno con intención, conversión en recomendación.

Valor y Rentabilidad.

Qué aporta el espacio a la cuenta de explotación, leído desde la experiencia y no solo desde el cierre comercial: rentabilidad experiencial por metro cuadrado, margen de valor experiencial, optimización CAPEX/OPEX, aceleración del ciclo de vida del cliente.

Qué cambia cuando lo aplicas

Un retailer de moda multitienda observa una caída persistente de conversión en los fines de semana. El cuadro de mando lo confirma: el sábado por la tarde se vende menos por visitante. La hipótesis inicial del equipo comercial es de surtido, faltan referencias clave en talla mediana. La hipótesis del visual es de exposición, los maniquíes no rotaron con el cambio de temporada. La de marketing es que las campañas online no están llevando al target a la tienda. Todas se aplican, pero la conversión no se mueve.

Con un enfoque SAF, la pregunta cambia: ¿qué pasa en el comportamiento del cliente en tienda? Se analiza la tienda con métricas intermedias durante dos meses y se ven los resultados: la permanencia cualificada (no el footfall bruto) cae los sábados de cinco a siete; el cliente entra, recorre la primera cuarta parte del espacio, pero no llega hasta el fondo. El índice de confort ambiental señala temperatura por encima del rango óptimo en esa franja: el aire acondicionado va al mínimo por programación general con la tienda mucho más llena. La fricción en el flujo aparece en la zona de probadores, con esperas que el cliente no verbaliza pero que le hacen abandonar.

Las acciones que se aplican después son fáciles, rápidas y baratas: ajustar la programación del aire por aforo real, reorganizar la cola de probadores con un nudge visual sencillo, mover una mesa expositora que estrechaba el paso a la zona del fondo. En seis semanas la permanencia cualificada del sábado recupera niveles de entre semana y la conversión remonta: por primera vez, el equipo sabe explicar por qué.

Ese es el sentido del SAF. No sustituye al cuadro de mando comercial, lo completa.

La rentabilidad de la mejora de la experiencia

Lo que no se mide no se tiene en cuenta a la hora de decidir. En la sala donde se toman las decisiones el espacio físico se ha dejado de lado durante demasiado tiempo. Lo asumimos como contenedor neutro, lo proyectamos como inversión cerrada y lo evaluamos con métricas finalistas que llegan tarde. Son tres formas de mirar hacia otro lado.

El SAF es un método, un sistema para que las decisiones sobre el espacio dejen de tomarse por intuición o por costumbre y empiecen a tomarse con la misma exigencia que cualquier otra decisión del negocio. Cuando trabajamos así, el espacio cambia de papel.

Deja de ser decorado y se vuelve agente.

Si tu equipo está discutiendo por qué no funciona una tienda y nadie tiene una respuesta defendible con datos del propio espacio, puedo ayudarte a implementar el sistema que sí la tendría. Contacto →

En la próxima entrada desgloso los veinte indicadores del SAF, agrupados en sus cinco familias, con su lógica de medición y sus palancas de mejora.

Space Agency Framework (SAF) · jesuscao.com · 2026


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