Diseñar desde la incertidumbre: La clave para crear experiencias que transforman
Es muy frecuente que mi primer contacto con un cliente consista en implementar una solución concreta a un problema:
- “Necesito una pantalla que ayude a que los clientes entiendan esta parte del servicio”.
- “Tenemos que cambiar el tipo de mesas de esta zona del comedor para que el cliente no permanezca tanto tiempo”.
- “Queremos crear un espacio de office y de relax para que la gente quiera venir más a la oficina”.
Estas demandas suelen estar bien definidas (QUÉ) y responden a un problema evidente que todos identificamos (PARA QUÉ). Sin embargo, muchas veces no son la mejor solución al problema, sino solo un cambio superficial. La raíz del problema suele ser más profunda: falta el PORQUÉ.
El proceso de diseño es, por naturaleza, un proceso de toma de decisiones que puede llevar por caminos iniciertos y a resultados impredecibles.
¿Es eso malo? ¿Va en contra de los intereses de nuestros clientes comenzar un proceso sin saber exactamente a dónde nos llevará?
Yo creo que no. Hoy en día, cuando el diseño de la experiencia del cliente (CX) es clave en todos los sectores, y las empresas líderes en CX son las que logran transformar sus inversiones en resultados tangibles, es importante saber qué estamos diseñando cunado nos planteamos transformar la experiencia.
Cuando hablamos de diseño, no nos referimos solo a estética (QUÉ y CÓMO) o funcionalidad (PARA QUÉ), sino a los objetivos y el propósito (POR QUÉ).
La incertidumbre como punto de partida estratégico
El diseño, ya sea de experiencias, servicios, productos, identidad o espacios, implica incertidumbre, ambigüedad y riesgo. Explora nuevas posibilidades y trabaja con soluciones que aún no existen.
Esa incertidumbre no es una debilidad: es el motor de la innovación. Muchas veces existe una brecha entre lo que sabemos y lo que desconocemos sobre usuarios, necesidades y soluciones. Es muy complejo trabajar con múltiples partes interesadas: clientes, empleados, partners, administraciones… Además debemos asumir que las respuestas de los usuarios son imprevisibibles.
Aceptar la incertidumbre permite reconocer cuándo se necesita investigar más o prepararse mejor, especialmente al inicio del proceso.
Es tentador saltar a la solución rápida, pero en diseño es peligroso avanzar sin identificar bien el problema.

Diseñar construyendo experiencias
En diseño el punto de partida siempre es una comprensión profunda del usuario, no solo a nivel superficial, sino entendiendo sus expectativas, deseos, necesidades, dudas y miedos. Si el problema se acota mal, el diseño será incorrecto.
Por tanto, una metodología bien definida y desarrollada con criterio revelará las verdaderas necesidades de los usuarios y los retos del proyecto.
Cuando el cliente nos da tiempo y confianza, realizamos una investigación estructurada para entender necesidades y puntos de dolor. La empatía es crucial para un diseño centrado en el ser humano. Documentamos cada punto de contacto entre la marca y sus stakeholders (clientes, empleados, usuarios). Esto nos permite identificar momentos de ansiedad o confusión y diseñar estrategias para suavizarlos.
Una vez entendido el problema real (WHAT IS), podemos generar múltiples alternativas de diseño (WHAT IF).
En esta fase, el prototipado y el pilotaje son clave: minimizan riesgos, permiten aprender de los errores e iterar rápidamente.
Mi enfoque integrado no se limita a un solo elemento: abarca todo el ecosistema. Lugares y ambientación, objetos (físicos y digitales), modelos de atención y mensajes (implícitos y explícitos) de la marca.
Colaboro con equipos de branding, tecnología, equipamiento… y trabajo con marketing, operaciones, expansión… porque la experiencia de cliente va mucho más allá del espacio físico.

El impacto de un diseño basado en la experiencia
Mi enfoque estratégico no solo crea experiencias estéticamente atractivas o funcionalmente correctas:
garantiza la rentabilidad de las inversiones.
- Entender profundamente las necesidades optimiza recursos y permite hacer más con menos.
- Una mejor experiencia fortalece la marca, fomenta relaciones duraderas y genera lealtad.
- Los clientes se sienten escuchados, comprendidos y acompañados, y se convierten en embajadores de la marca.
En el caso de los espacios de trabajo, un diseño centrado en el empleado puede transformar su día a día:
reduce el estrés, mejora el bienestar mental y facilita atraer y retener talento.
Abrazar la incertidumbre para innovar
Al abrazar la incertidumbre y la exploración ayudamos a las marcas a:
- Deshacer inercias.
- Evitar soluciones “de moda” que no aportan valor real.
- Desarrollar propuestas innovadoras que las diferencien en un mercado cada vez más competitivo.
Integrar la incertidumbre en el proceso de diseño nos permite transformar cada proyecto en una oportunidad de innovación y crecimiento sostenible para construir relaciones basadas en el respeto, la confianza y los resultados que superan expectativas.
Si quieres seguir explorando cómo convertir el PORQUÉ en decisiones concretas sobre el espacio físico, cada 15 días escribo sobre ello en Arquitectura de la experiencia. Suscríbete aquí →
Diseñar experiencias de cliente como decisión estratégica: Ekin Retail
Reflexiones desde mi participación en el I Congreso Ekin Retail
Hace unos días tuve la oportunidad de participar como ponente en el I Congreso Ekin Retail, organizado por el Gobierno Vasco y el Ayuntamiento de Bilbao e impulsado por Bilbao Ekintza, que tuvo lugar en Azkuna Zentroa.
Fue un punto de encuentro para las instituciones, asociaciones y profesionales que trabajamos en el desarrollo del comercio, y una magnífica oportunidad de escuchar y conversar con emprendedores que han conseguido un éxito sostenido en sus comercios o trabajan en el relevo generacional. Mi intervención giró en torno a una idea que lleva años guiando mi trabajo como consultor de retail: la experiencia de cliente no es un elemento decorativo ni un recurso de marketing, es una decisión estratégica que condiciona la rentabilidad y la sostenibilidad de un negocio.
El punto de partida fue hablar de relaciones, porque es ahí donde empieza todo. Todos sabemos lo que se siente cuando una relación fluye y cuando, por el contrario, está llena de fricciones. Con las marcas ocurre exactamente lo mismo. Las que piensan solo en sí mismas terminan siendo irrelevantes; las que entienden a las personas, anticipan necesidades y facilitan decisiones, construyen vínculos duraderos.

De la transacción a la relación: la base del retail rentable
Durante años, gran parte del retail ha estado centrado en optimizar la transacción: vender más, más rápido y al menor coste posible. Ese enfoque puede funcionar a corto plazo, pero difícilmente construye un valor sostenible.
La experiencia de cliente obliga a cambiar el marco mental: nos invita a pasar de preguntarnos “¿cómo vendo más?” a “¿cómo soy más valioso para mis clientes?”. Y esa pregunta lo cambia todo.
Un cliente satisfecho no solo compra más, compra mejor, vuelve y recomienda. Un cliente frustrado, hoy más que nunca, cambia de marca sin dudarlo. En este contexto, la experiencia deja de ser un intangible difuso para convertirse en una palanca directa de negocio.
La experiencia no es un “topping”, es la receta completa
Uno de los errores más habituales que veo como consultor es tratar la experiencia de cliente como un añadido: algo que se incorpora al final del proceso, cuando la propuesta de valor, el precio o el espacio de relación ya están decididos.
La experiencia no funciona así. No es un “topping” que se espolvorea por encima; es la receta completa. Abarca lo que sucede antes, durante y después de la compra. Incluye lo que prometemos y lo que realmente entregamos. Y, sobre todo, es profundamente subjetiva: depende de expectativas, emociones, contexto y vivencias previas.
Por eso la experiencia siempre existe. La diferencia está en si la dejamos al azar o si la pensamos, diseñamos y gestionamos de forma consciente.
El espacio físico como activo estratégico
En mi trabajo con marcas y operadores de retail, el espacio físico aparece siempre como una de las herramientas más potentes pero más infravaloradas. Una tienda no es solo un contenedor de producto; es un sistema de decisiones.
El espacio influye en:
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cómo percibimos el valor de una marca,
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cuánto esfuerzo cognitivo nos exige decidir,
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si sentimos confianza o inseguridad,
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si avanzamos o abandonamos.
Diseñar un espacio es diseñar el entorno más idóneo para los comportamientos. Por eso, cuando el diseño se aborda solo desde la estética o desde la funcionalidad más básica, se pierden oportunidades enormes. La experiencia y el espacio que la alberga deben estar alineados con la propuesta de valor y con los objetivos de negocio.

Ordenar la complejidad: del relato al dato (y viceversa)
Gran parte de mi aportación como consultor consiste en ordenar la complejidad. En el retail confluyen personas, emociones, procesos, operaciones, métricas, equipos y espacios. Si no se estructura, todo se vuelve ruido.
A lo largo de los años he intentado conciliar dos conceptos que a menudo se presentan como opuestos:
-
el relato, que da sentido, coherencia y dirección;
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el dato, que permite medir, priorizar y decidir.
Diseñar solo desde la intuición es arriesgado. Gestionar solo desde métricas es miope. El valor aparece cuando ambos se combinan y se traducen en criterios claros para la toma de decisiones.
Diseñar sin entender al cliente genera fricción. Diseñar sin medir genera riesgo.
Diseñar experiencias como sistema, no como procedimiento
Otro de los puntos clave de la ponencia fue diferenciar entre experiencia (percepción del cliente) y servicio (procedimientos de la marca). Muchas organizaciones confunden ofrecer una experiencia consistente con pastorear al cliente en una sucesión rígida de pasos, pensados más desde la lógica interna que desde las necesidades reales del cliente.
Prefiero entender la experiencia como un sistema abierto, donde el cliente puede avanzar de distintas maneras, pero siempre acompañado. Un sistema que contempla momentos críticos de decisión —lo que llamo “nodos de la experiencia”— y que ofrece señales claras para reducir dudas, miedos y fricciones.
Aquí, el papel del espacio, de los objetos, de la comunicación y, sobre todo, de las personas es fundamental.
Personas, marca y negocio: el triángulo inseparable
La experiencia de cliente solo funciona cuando se alinean tres dimensiones:
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las personas, con sus expectativas y emociones;
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la marca, con su identidad y su propuesta de valor;
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el negocio, con sus recursos y objetivos.
Romper ese equilibrio genera problemas: experiencias espectaculares pero insostenibles, o negocios eficientes pero irrelevantes. Diseñar con sentido implica tomar decisiones, renunciar a ser todo para todos y concentrarse en aquello que realmente aporta valor.

Un contexto que refuerza esta necesidad
Vivimos un momento de saturación digital, de cansancio cognitivo y de decisiones cada vez más condicionadas por algoritmos. En este contexto, el retail físico tiene una oportunidad enorme para volver a ser relevante desde lo humano, lo cercano y lo auténtico.
Las personas buscamos relaciones más transparentes, marcas con propósito y experiencias coherentes con nuestros valores. No se trata de nostalgia, sino de relevancia.
Conclusión: la experiencia como estrategia
La experiencia de cliente bien pensada no es un lujo ni una moda. Es una de las herramientas más potentes para construir negocios rentables, sostenibles y significativos.
Mi trabajo como consultor de retail consiste en ayudar a las marcas a entender esto, a traducirlo en decisiones concretas y a convertir espacios, procesos y equipos en verdaderos aliados del negocio.
Si esta forma de entender el retail conecta contigo, estaré encantado de seguir hablando.



